Recuerdo que de niña la parte que más me interesaba de la misa era aquella que atraía también a turistas y a protestantes, deslumbrados por la ceremonia, los colores y el arte que, como un telón extraordinario, envolvía la sensación de misterio y de consuelo. Las iglesias que frecuentaba eran del siglo XVIII, con unas tallas de mérito mediano que destacaban la figura de San Pedro y San Roque y algún cuadro bueno en el que, bajo la pátina del humo y el tiempo, se perpetuaba algún milagro local. Así aprendí a distinguir los cuatro elementos, porque en el imaginario de los artistas, casi siempre anónimos, la iconografía se mantenía siempre clara, aunque las proporciones fueran a veces extrañas. La tierra se mostraba bajo los sólidos pies de los pastores, bajo el volumen contundente y un poco aterrador de Santiago, que la regaba con sangre enemiga. Se abría para que brotaran los resucitados, sin una huella de tizne, incólumes y perfectos, como si en sus tumbas hubieran tenido tiempo para d...
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